-Formo parte de algo, -no sé muy bien cómo llamarlo-, pero es extenso, inabarcable, cálido y a veces hostil. Lo sé porque comparto su sabiduría silenciosa y fértil. En ella te he sembrado, te he visto crecer...
Estas palabras jamás fueron pronunciadas, apenas llegaron a manifestarse en una sonrisilla chueca, -más larga de un lado que de otro-, y no tuvieron forma alguna, ni en la garganta, ni en la mente de quien, tan sólo con un cosquilleo en el estómago, las ensoñó.
La reacción del interlocutor fue similar. Sólo pudo ver un gesto tan indeterminado, expresivo pero vago, de algo que en su fuero interno conocía; algo que tendría que ser la definición misma de “familiar”, algo -tan claro e inexplicable- como aquella capacidad que tenemos de reconocer a nuestra propia madre sin poder recordar el momento en que la conocimos.
También sonrió. Pero él sonrió nerviosamente, sin poder sostener la mirada de su pareja por mucho rato. No por pena ni miedo, sino por un desbordamiento del cuerpo -demasiado cálido, demasiado grande, demasiado generoso- que le fue otorgado al nacer.
-Hemos llegado a un punto... -Estas palabras, tristemente, sí cumplieron su función fonética- en el que ya no hay manera de volver. Yo tenía ganas de correr y tú me seguiste, ahora que me has alcanzado no quiero correr más; y como los caminos se recorren para llegar a alguna parte, volver sería tomar una decisión absurda, nadie abandonaría su objetivo a cambio de su carencia... al menos yo no quiero... y por otro lado, seguir caminando adelante es también un poco tonto; ¡Ahhhh... se está tan bien aquí entre tus brazos!... y no sabemos si más allá algo nos separe o nos pierda... ¡Por favor!, ya no corras...
Me escuché decir con una sensación de no haber podido estructurar otra cosa, -más sabia por cierto-, que se me quedó atorado en la boca del estómago. Y justo mientras descubría los errores de mi fórmula enunciada, su falta de sinceridad, los miedos que la generaron, lo chantajista de su contenido... Me contestó:
-Está bien, no nos movamos. – y lo dijo con aquella característica que más amo de él, que por no poder nombrar de mejor manera, llamaré su buena fe, pero lo dijo haciendo un esfuerzo por controlar su avidez. Avidez de caída libre, de aire golpeándole el rostro, de velocidad y luces intermitentes.
Me hizo sentir decepcionada. ¿Porqué me sigues en la mentira? –Pensé- Mejor llévame a la verdad, soy una hija, una enamorada de la verdad. No alimentes mi ego dándome la razón cuando no la tengo. Seamos fieles, seamos valientes...
Tampoco lo dije.
Estuvimos ahí. Abrazados un rato, sin caminar y alejándonos de todo, de nosotros. Nos perdimos.
Llegó la aprensión, lo llamé, lo busqué en medio de la oscuridad, sólo me quedaban sombras del bosque en que nos amamos antes, el recuerdo de la ninfa que fui hace ya años... no se cuántos. ¡cómo me gustaba la miel! Y sin embargo, justo ahora, su olor omnipresente.
Mis ojos no pudieron acostumbrarse a la oscuridad durante largo rato, en el que opté por caminar sólo unos pasos, pero siempre volviendo al punto inicial por si acaso había vuelto a buscarme...
Poco a poco logré distinguir los objetos a mi alrededor, me parecieron bellos. Estaba tan cansada que ya no pude luchar contra las distracciones y perdí su rastro, su olor se fue... Caí al suelo, estaba húmedo y abollonado. Me llenó de paz su aroma de tierra mojada y la manera en que sus gotas de agua lograban reflejar la poca luz que, sin una fuente precisa, existía en el lugar. Dejé de pensar en él.
No sé por qué...
Volteé la cabeza.. Ahí estaba... de rodillas como un niño, analizando -con la expresión de un sesudo botánico- un solitario y maravilloso hongo.
Creo que sintió mi mirada, porque inmediatamente fijó su vista en mí y me saludó con la voz más sincera... yo ya no sentía dolor, de hecho –por un instante- me alegré de volver a verlo, pero luego recordé lo mal que lo pasé... no sé cómo... su sinceridad me pareció cínica.
1 comentario:
Muy bonita historia.
Publicar un comentario