7/20/2008

Recetar música para alegrar el alma. La muerte por beso... Mago melancólico: el mejor de los estados para la contemplación divina

Los últimos dos renglones no pretenden ser un título de nada. Se han puesto por separado y con negritas únicamente por su belleza. No aluden particularmente a nada ya que cuentan con la flexibilidad de la poesía que siempre deja sus puertas abiertas... No obstante, su procedencia no es nada abstracta, ni desconocida. Ni gratuita. Cuentan con fecha y hora de nacimiento. Se dieron a la vida durante una clase de filosofía del Renacimiento y fueron registradas –cuidadosamente- en un cuaderno de rayas y, particularmente, en un pequeño recuadro destinado a conservar las más bellas palabras.
El orador de las mismas nunca conoció bien a bien la larga batalla que despertó al interior de dos conciencias que lo escuchaban. Y para ser más exactos, solamente una de ellas pudo conocerla, ya que la conciencia siempre es una y no puede asegurar la comunión interpretativa del momento para el otro. Es por ello, y para no dar por echo que todas las conciencias giran alrededor de la propia y para que la escritora no tome el ilusorio papel de omnisciente, aquí se narrará únicamente lo concerniente a esta conciencia una. La conciencia del cuaderno de rayas, que encerraba las dichas frases –en el dicho recuadro- mientras se platicaba:
-La muerte por beso... Dice cosas bellas. Conforme pasan los días se relaja más y luce más seguro, más inteligente. ¡Qué bueno que estoy tomando el curso!.. ¡Jm! Si no lo hiciera no podría verlo casi nunca. Me parece injusto dado que tengo también tantas cosas que hacer... terminar mañana mi tesis por ejemplo (este punto quedó registrado en el cuaderno con la palabra tesis rodeada por un círculo varias veces remarcado como formando alrededor una flor.) Además tengo la sensación de que le da un poco igual que yo esté aquí o no...
En el cuaderno de rayas se vio aparecer un dibujo, con trazos firmes, pero contenedores del enojo que sienten aquellos que consideran que se les ha cometido una injusticia. Se trataba de un torso de mujer, -sin cabeza, sin caderas, sin piernas- rodeado por un par de brazos más fuertes, como de hombre. Sólo eso, un torso anónimo, un abrazo aún más anónimo.
Alguna vez escuché que –en psicoanálisis- quien dibuja generalmente se proyecta a sí mismo, de manera que, todo dibujo humano resulta una suerte de autorretrato del dibujante; no obstante, en esta ocasión, ningún piadoso de Freud tendría que venir a corroborar la sospechada proyección, ya que la vestimenta de la dibujante, -con plena conciencia del acto- concordaba con la del dibujo.
El cuaderno de rayas lucía enigmático con su torso abrazado. La dibujante quiso reducir aún más el dibujo. Obtener un ícono más perfecto, más oscuro y por ello más significante sólo para aquellos iniciados en el misterio. A continuación se vio aparecer en tres renglones y con un trazo mucho menos elaborado, un nuevo torso tan sólo formado por la camiseta del dibujo anterior para cuya representación no eran necesarias más de tres líneas curvas y tres líneas rectas. Al centro de la misma, la imagen del contorno de una mano, también bastante simple. Y a la izquierda de toda la composición, en una manuscrita bastante cursi, la palabra amor.
¿Qué fue lo que hizo a esta una conciencia trazar en su cuaderno de rayas, en ese justo momento y al interior del recuadro de las cosas bellas, tales dibujos? Seguramente fue su humor. No sé si será tomarme demasiadas libertades con los términos, pero en este momento entiendo el humor como algo en el ambiente que se refleja, o mejor dicho, espejo y reflejo de una sensación bien interna –de nuestra conciencia una, que es la que nos importa en este momento-. No olvidemos el resentimiento ante la injusticia que originó todo esto.
No hay acciones más bajas que las que son producidas por rencor y estos dibujos ñoños –si es que los autorretratos mutilados pueden serlo- son un ejemplo de ello. El rencor es capaz de tornar oscura la luz y de utilizar las bendiciones gratuitas para hacer daño, y este daño dibujado, en su iconicidad secreta, sólo alcanzó a dañar al dibujante. Ahora escuchemos aquello que resonaba en la conciencia una al momento de dibujar:
-Ángel, amor. Manera de exaltar el espíritu humano... sí, sí, sabes bien la teoría pero no tienes idea de lo duro que es llevarlo a cabo. Te das por vencido demasiado pronto. ¿Quién es tu ángel? ¿Tu amor? Estoy aquí por ti y parece que no te das cuenta. Pero ¿sabes? Hoy alguien, tan desconocido, tan gratuito, tan generoso, tan seguro de sí, puso su mano en mi pecho y con la mirada fija y serena pronunció la palabra amor. Ya no sé si tu seas capaz de algo semejante.

Me parece estar contando la historia más triste. La historia de cómo la conciencia a veces se equivoca y se labra su propio destino fatal. La única falta de serenidad y de escudo amoroso en el pecho sucedió en aquél cuaderno a rayas.

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